La filosofía de la creencia en la existencia y su relación con el nombre Allah o Rahman

El resumen epistemológico filosófico de la idea.
- Esta investigación pretende ofrecer una lectura filosófica coránica exhaustiva del concepto de creencia en la existencia y su relación intrínseca con el nombre Allah o Rahman, como concepto mental que representa el principio y el resultado en la estructura cognitiva y existencial del universo. El investigador parte de la premisa de que la existencia divina no es algo que la razón pura pueda probar o refutar dentro de los marcos del método empírico, porque en la concepción coránica, Dios es la fuente de las leyes, no el sujeto de ellas, y es el Absoluto que no está limitado por el tiempo ni el espacio.
A través de siete temas interrelacionados, la investigación pretende analizar la relación entre el conocimiento innato y la percepción racional, y entre la ley cósmica y la misericordia divina que la rige, rastreando cómo el Corán reformula el concepto filosófico de la existencia a partir de los “nombres buenos”, especialmente los nombres de Allah y Rahman, como manifestación plena del concepto abstracto y del significado diagnóstico.
- El estudio demuestra que la fe en el sentido de creencia y percepción mental no es una posición dialéctica entre mente y materia, sino un estado de conciencia cósmica que se deriva de la naturaleza innata del hombre (Rum: 30). La relación entre la nada percibida y la existencia también se pone de relieve a través del concepto de “cero central”, que simboliza el equilibrio de principios y finales en el orden divino del universo. Al final, el documento concluye que el ateísmo contemporáneo no es un rechazo del verdadero Dios como ser o idea, sino más bien un rechazo de la imagen distorsionada creada por las religiones terrenales, y que el retorno al “Rahman” es un retorno a la ley suprema de la existencia misma.
Introducción filosófica
Desde los albores de la conciencia humana, la cuestión de la existencia ha sido el interrogante más presente en la mente humana. En un momento de reflexión existencial, el hombre se dio cuenta de que el mundo que ve no es subjetivo ni autosuficiente, sino que se rige por un sistema de leyes sutiles que no podrían haber sido creadas por el azar o por la materia ciega.
Sin embargo, el dilema no estaba en cuestionar la existencia del Creador, sino en cómo percibirlo, ya que la mente se encuentra indefensa ante el Absoluto, porque sus herramientas están limitadas por el tiempo y el espacio, mientras que Dios es el Creador tanto del tiempo como del espacio.
En un momento en que las explicaciones científicas, materialistas y religiosas están en conflicto, este trabajo presenta una visión filosófica basada únicamente en el texto coránico, sin referencias humanas, para demostrar que la creencia en la existencia no es producto de una prueba, sino una manifestación de la conciencia innata que Dios ha depositado en el alma. La fitrah, como la expresa el Corán, es el “programa divino” implantado en el ser humano desde la creación, que dirige su conciencia hacia el conocimiento de su Creador, como en las palabras de Dios Todopoderoso:
{Poned vuestro rostro en la religión recta, pues ésta es la religión que Dios ha inculcado a la humanidad; no hay alteración de la creación de Dios, pero la mayoría de la gente no lo sabe}[Surah Al-Rum: 30].
Este estudio pretende explorar la filosofía de la fe a través de la relación intrínseca entre la “existencia” y los nombres de Dios “Al-Rahman” como claves para comprender el misterio de la creación; la existencia es una manifestación de la misericordia, y la misericordia es el alma de la existencia.
A través de siete cuatro ejes analíticos integrados, la investigación aborda: Los límites del conocimiento, el sentido de lo imposible, la unidad de los nombres divinos, la filosofía de la nada y el porqué de la formación del ateísmo ante la desviación del instinto.
Capítulo I: Por qué la existencia de Dios no puede probarse ni refutarse científicamente.
Destacados filósofos y pensadores coinciden unánimemente en que la existencia de Dios no puede demostrarse ni refutarse científicamente. La ciencia, con su enfoque empírico, se basa en la observación y la medición, es decir, en lo que puede someterse a los sentidos o a la experiencia. Sin embargo, en la conceptualización coránica, Dios no forma parte del mundo natural para ser objeto de medición, sino que es quien creó el mundo con todas sus leyes que rigen la materia.
Dice el Todopoderoso:
“Y discuten con Alá, y Él es muy duro” (Al-Ra’d: 13).
“Extremadamente imposible” -tal como lo contempla el investigador- no es un adjetivo de ira, sino de imposibilidad de comprensión; es decir, la mente humana no puede someter lo Absoluto a sus leyes limitadas. La ciencia investiga lo que puede observarse, mientras que Dios es quien hizo posible la observación.
Incluso las más grandes teorías científicas, desde la relatividad hasta la mecánica cuántica, reconocen implícitamente que el universo es infinito y que existen niveles inobservables de existencia. En este contexto, la incapacidad de probar científicamente a Dios se convierte en prueba de su trascendencia y liberación, no de su ausencia e inexistencia.
El Corán hace referencia a este hecho en las palabras del Todopoderoso:
{Fundador de los cielos y de la tierra, Él ha hecho para vosotros de vosotros mismos un esposo y una esposa, y de las plantas y los animales. No hay nada que se le parezca; Él es el que todo lo oye y el que todo lo ve {[Surah al-Shura: 11]
Bendito sea Dios, Señor de los Mundos {[Surah Al-A’raf: 54].
En otras palabras, Dios no es una criatura con la que medirse, sino el Creador que todo lo percibe y nada percibe (Al-An’am: 103).
Por lo tanto, la creencia y la necesidad interior de la existencia de este poder omnisciente no es un proceso mental deductivo, sino una realización innata en la que la mente se encuentra con la conciencia expresada en el texto por el alma, no en la prueba de la existencia, sino en la entrega.
Cuando el investigador contempla la naturaleza de la existencia humana, se da cuenta de que está limitada por la estructura sobre la que fue creada; todo lo que conocemos pasa por los sentidos, y la mente sólo trabaja sobre lo que recibe de sus inputs. Por tanto, la realización de la misma existencia es una imposibilidad filosófica antes que religiosa, porque Dios es la perfección absoluta en la que terminan todas las posibilidades. Dice el Todopoderoso:
{ Di: “Él es Dios Uno (1), Dios el Firme (2), que no nació, ni nació (3), ni tuvo otra suficiencia (4) }[Surah Al-Ikhlaas: 1-4].
El domingo no se refiere al número “1”, sino a la primera unidad existencial imposible de medir, porque todo lo demás es posible y limitado.
En palabras del Todopoderoso:
{¿No han visto los incrédulos que los cielos y la tierra eran antes un firmamento, entonces los abrimos e hicimos que todo viviera del agua, y no creen }[Sura Al-Anbiya: 30].
El texto se refiere al primer momento de la creación en el que la existencia material formada se separó de su existencia no material, no nada, o mejor dicho, de la unidad total que precedió a la creación.
Esta “hernia cósmica” es el principio de la realización posible, antes de la cual no hay tiempo, espacio ni materia, es decir, la ciencia no puede ir más allá. De ahí la filosofía de lo imposible: Rodearnos de lo que nos rodea.
Desde la antigüedad, el hombre se ha esforzado por “conocer a Dios” con la razón, pero cuanto más avanza en la ciencia, más se da cuenta de su ignorancia ante el infinito. Dijo:
“Y no habéis recibido más que poco conocimiento” (Al-Israa’: 85).
La deficiencia cognitiva no es aquí un defecto del hombre, sino un sistema innato que impide la realización de lo Absoluto para proteger la esencia de la fe y la creencia. Porque el conocimiento perfecto de Dios anula el sentido de la creencia en Él, mientras que la verdadera fe es el reconocimiento de la grandeza de lo divino desconocido.
Capítulo segundo: Los Nombres Divinos, la dialéctica de “Allah” y “Rahman”, y el sistema de la Gran Ley.
Todos los nombres divinos del Sagrado Corán -como al-‘Alim, al-Qadir, al-Muhayman y al-‘Aziz- no son sino manifestaciones de una única ley cósmica, la Ley Universal del Ser, que aúna exhaustividad y unidad. Sin embargo, los nombres “Allah” y “Rahman” ocupan una posición metafísica única en este patrón, porque abarcan todos los nombres y atributos y juntos forman los dos polos del orden cósmico: La materia y la causa de su existencia.
Dice el Todopoderoso:
Di: “Invocad a Allah o invocad al Misericordioso, cualquiera que invoquéis, Él tiene los mejores nombres” (Al-Israa’: 110).
Este versículo traza los límites de la similitud entre ambos nombres, por un lado, y de la complementariedad entre ellos, por otro; “Allah” es el nombre universal que se refiere a la totalidad absoluta de la existencia, mientras que “Al-Rahman” es el nombre de la acción divina que da a la existencia su sentido percibido y su continuidad.
La misericordia no es una emoción emocional, sino una ley existencial por la que se equilibran las fuerzas y se realiza la posibilidad de la vida y la creación, igual que el útero femenino incuba el óvulo fecundado, y el Corán subraya este significado:
“El Señor está sentado en el trono y es exaltado” (Taha: 5).
En otras palabras, el orden cósmico (el trono) se basa en la ley de la misericordia, no en el poder, la dominación caótica o el conflicto, lo que socava la vieja noción metafísica de que la existencia se basa en el “conflicto eterno” entre fuerzas opuestas.
Todos los demás atributos divinos -como la capacidad, el conocimiento y la sabiduría- entran dentro de la dualidad de “Dios Misericordioso”, porque Dios es la fuente y el Misericordioso es la manifestación activa.
Este concepto se resume en el Corán:
“No hay más Dios que Él, y Él tiene los mejores nombres” (Taha: 8).
De este modo, los nombres divinos se convierten en un mapa existencial que muestra cómo la unidad se manifiesta en la multiplicidad, y cómo los múltiples atributos se unen en un patrón integrado, cuya base es la acidez de la verdadera existencia del nacimiento.
La conciencia de esta dialéctica entre “Dios” y “Rahman” hace que creer y creer en Él sea un acto de percepción cósmica que no se separa de la ciencia, sino que la supera hacia la sabiduría. El creyente ve en las leyes del universo una imagen del vientre que todo lo abarca.
A lo largo de la historia, los seres humanos han tendido a asemejar a Dios a lo que conocen, o a representárselo en una forma física que les permita comunicarse con Él. Esta tendencia aparentemente natural conduce al error epistemológico más peligroso: La objetivación del Absoluto.
El Todopoderoso dice clara e inequívocamente:
“No hay nada como Él, y Él es el que Oye y el que Ve” (Shura: 11).
Este versículo corta de raíz cualquier concepción materialista de Dios y redibuja la relación entre el Creador y la criatura sobre la base de la trascendencia total. Dios no puede ser percibido por los sentidos, ni por la mente que ha sido moldeada por los sentidos, porque forman parte del mundo de la creación, mientras que Dios es Aquel que lo ha rodeado todo de conocimiento (Al-An’am: 101).
La elección por parte del Corán de “el oído y la vista” al final del versículo tiene un significado filosófico; son las herramientas de percepción en el hombre, y por ellas se adquiere conocimiento. Son las herramientas de percepción en el hombre, y mediante ellas adquiere conocimiento. Pero Él, Dios, es un oído que no es como el oído, y una vista que no es como la vista, ya que no está limitado por la dirección, el tiempo, la cantidad, la calidad o la masa:
Alá os sacó del vientre de vuestras madres, sin saber nada, e hizo para vosotros el oído, la vista, la vista y el entendimiento (al-Nahl): 78).
En este verso, se entiende que el hombre no nace sabiendo, sino que se le dan las herramientas del conocimiento gradualmente, y que su conocimiento es relativo y limitado, y no puede acercarse al Absoluto Divino. Si “Dios es una ley mayor que trasciende lo semejante”, esto significa que todo lo que se mide por Él Le anula. De ahí la prohibición coránica de la analogía y la personificación, porque Dios no es una idea que se pueda dibujar o definir, sino un principio absoluto que rige con verdad toda la existencia.
Capítulo tercero: Fe y ateísmo entre existencia, programa y función
Muchos pensadores contemporáneos cometen el error de pensar que el ateísmo es lo contrario de la fe, entendida como creencia. En realidad, tal como lo ve el investigador, el ateísmo es una forma invertida de la fe; ambos surgen de la misma pregunta, pero el ateísmo se extravía cuando intenta reducir a Dios a una percepción mental o a una experiencia sensorial, no reconociéndola y rechazándola.
El Sagrado Corán ha indicado que la función de los mensajes divinos no era demostrar la existencia de Dios, sino revelar la ley divina que organiza la vida:
La cuestión no es la existencia de Dios, sino la comprensión de su “función” en el mundo. El ateísmo es esencialmente un rechazo del programa de Dios en la historia, no un rechazo de su existencia absoluta. Cuando algunos ateos se oponen a normas coránicas como la yihad, el qisas, etc., su objeción se debe a una falta de comprensión de la estructura general de la ley divina, que vincula cada norma a sus propósitos misericordiosos y cósmicos.
Dice el Todopoderoso:
“No hay coacción en la religión” (Al-Baqarah: 256).
“El que quiera, que crea, y el que quiera, que no crea” (Al-Kahf: 29).
Este reconocimiento de la libertad de creencia pone de relieve que la fe, entendida como creencia y convicción, no se impone desde el exterior, sino que nace del interior, es decir, del instinto que Dios ha inculcado en las personas (Rum: 30).
Cuando la naturaleza se tuerce, el ateísmo aparece como una patología espiritual más que como una prueba intelectual. Con esta comprensión, la fe se convierte en una ley cósmica que conecta al hombre justo con su fuente y le devuelve su función en el universo: La adoración a través del conocimiento y la ciencia a través de la misericordia.
Uno de los conceptos más confusos del pensamiento filosófico contemporáneo es el de la nada. Muchos confunden la “nada” con la “nada”, mientras que el Sagrado Corán ofrece una visión diferente, haciendo de la nada un estado existencial de fuerza no formada, más que una negación de la existencia. La nada no es una negación absoluta, sino la quietud de la existencia en su primer centro, el punto en el que se equilibran principio y fin, existencia y obliteración, abundancia y unidad. La nada en el sentido de negación absoluta es una mera ilusión, ya que no existió una estación nihilista ni antes ni después. Dice el Todopoderoso:
“Él es el Primero y el Último, el Primero y el Último, el Exterior y el Interior, y Él es omnisciente” (Al-Hadid: 3).
Este versículo es la clave filosófica para comprender el “cero cósmico” que media todas las dimensiones. Dios es lo primero, el principio de la existencia, lo último, el fin de la existencia, lo manifiesto en las apariencias del universo y lo oculto en sus secretos.
De ahí que toda existencia adquiera su sentido sólo en relación con lo Primero y lo Otro, es decir, con el Principio Divino y el Destino.
En la física moderna, el cero se entiende como el punto de equilibrio entre fuerzas opuestas; ningún valor positivo o negativo puede existir sin la presencia del cero que lo limita. Esto se refleja en el sistema digital, que es el único lenguaje común entre los humanos, ya que ningún número puede llevar el valor de su contenido sin la presencia de la constante cero, de la que el número “1” es una descripción fiel.
En este contexto, no puede decirse que el universo se creara “de la nada”, porque la nada no produce nada, sino que se creó a partir de la voluntad invisible de la existencia, que se manifestó en la misericordia. Está bien establecido en la ciencia que la materia no perece ni se crea de la nada. Así como el cero no se ve ni se entiende como valor, pero establece todo el sistema numérico, la misericordia es invisible pero establece la armonía en todo el sistema cósmico. Es la puerta a través de la cual el poder divino pasa a la existencia, del mismo modo que la muerte y la destrucción no son aniquilación sino un retorno a ese punto central del que partimos y al que volvemos:
{Cuando pleguemos los cielos como un libro de libros, como comenzamos la primera creación, lo repetiremos de nuevo, una promesa sobre Nosotros, que fuimos los hacedores de ello {[Surah Al-Anbiya’: 104].
Capítulo cuarto: Las distorsiones de las percepciones religiosas y su papel en empujar a la gente hacia el ateísmo
En su forma moderna, el ateísmo no es tanto un rechazo de Dios como un rechazo de la imagen de Dios pintada por los discursos religiosos históricos. Muchas personas no niegan al Creador, sino al Dios que se les ha presentado como autoritario, contradictorio o divorciado de la justicia y la misericordia.
El investigador cree que la esencia de la crisis radica en la desviación del concepto religioso del concepto coránico; el Corán presenta a Dios como un creador único para todas las personas, no como un dios de un grupo sobre otro, como ha dicho el Todopoderoso:
“Oh humanidad, temed a vuestro Señor, que os ha creado a partir de una sola alma” (Al-Nisa: 1).
Esta unidad original anula en esencia todas las distinciones raciales o religiosas, y redefine la relación entre los seres humanos sobre la base de la piedad y el conocimiento, no de la afiliación o la forma, como ha dicho el Todopoderoso:
“El más honorable de vosotros ante Dios es el más piadoso de vosotros” (Al-Hujrat: 13).
Cuando el discurso religioso no representa este equilibrio, la gente se siente alienada por su imagen de Dios, no por Dios mismo. El ateísmo moderno es una reacción a la distorsión de la creencia en la existencia, no a la creencia en sí misma.
En muchas etapas, la religión se ha convertido en un poder que excluye en lugar de una misericordia que incluye, mientras que Dios se describió a sí mismo como el Misericordioso y Compasivo, e hizo que su misericordia fuera más amplia que todo. Por lo tanto, el tratamiento del ateísmo no es mediante la argumentación o la predicación, sino reformando la imagen de Dios en la conciencia humana, para volver a su origen coránico puro que combina la justicia, la misericordia y la racionalidad.
Epílogo.
Tras este recorrido intelectual, puede decirse que creer y creer en la existencia no es una actitud mental temporal, sino un estado de conciencia arraigado en la estructura existencial del ser humano. La mente, a pesar de su grandeza, es incapaz de darse cuenta plenamente de Dios, porque Dios es quien creó la mente y la rodeó. De ahí que la fe no sea una creencia sin pruebas, sino una trascendencia de las pruebas a su fuente: la conciencia del instinto que conoce a Dios sin mediación.
Se ha demostrado que los nombres “Allah” y “Rahman” constituyen la gran ley de la existencia, que rige la relación entre el Creador y la criatura: “Dios” es el principio, y “Rahman” es la acción; “Dios” es la existencia absoluta, y “Rahman” es la matriz que le da sentido y continuidad.
Al contemplar la filosofía de la nada imaginada, nos damos cuenta de que lo que llamamos “nada” es otra cara de la existencia, y que el cero no es un vacío, sino el centro del equilibrio entre el principio y el fin.
En cuanto al ateísmo, es en esencia una búsqueda de Dios de otra manera, pero se extravía cuando busca a Dios en las criaturas y no en sí mismo, porque Dios está más cerca de él que una vena:
{Les mostraremos Nuestros signos en el horizonte y en sus almas hasta que les quede claro que es la verdad; ¿o no le basta a tu Señor que Él está sobre todas las cosasࣲ [Surah Faslat: 53]?
{Hemos creado al hombre y sabemos lo que susurra su alma; y estamos más cerca de él que el cordón de fuego {[Surah Q: 16]
{El que creó los cielos y la tierra en seis díasࣲ y luego se sentó en el trono; Él sabe lo que entra en la tierra y lo que sale de ella, y lo que baja del cielo y lo que sube en él, y Él está con vosotros dondequiera que estéis. y lo que sale de ella, y lo que baja del cielo, y lo que sube en ella; y Él está contigo dondequiera que estés, y Dios está al tanto de lo que haces {}
(Surah Al-Hadid: 4)
{A Alá pertenece el oriente y el occidente, así que dondequiera que os volváis, allí está el rostro de Alá, pues Alá todo lo sabe y todo lo abarca}.
(Sura Al-Baqarah: 115)
Cuando el hombre se da cuenta de esta proximidad entre él y la presencia divina, la cuestión de la existencia de Dios se transforma en conciencia de su presencia, y la controversia en quietud, y la investigación en testimonio. A la luz de todo lo anterior, las principales conclusiones de esta investigación pueden resumirse en los siguientes puntos:
- La razón no puede probar o refutar científicamente la existencia de Dios, porque Dios está por encima de la ciencia misma.
- La gravedad de lo imposible no es un déficit cognitivo, sino una expresión de la grandeza del Absoluto Divino.
- Los nombres “Allah” y “Rahman” forman la ley de existencia y misericordia que une el todo al Uno.
- La fe es una conciencia innata de armonía con la ley divina, no un argumento teórico.
- La nada en el concepto coránico no es la negación y aniquilación absolutas, sino el centro del equilibrio cósmico en el que se manifiesta la unicidad.
- El ateísmo es el resultado de la desviación de las percepciones religiosas del origen coránico.
- Volver a Dios es volver a la misericordia, y la misericordia es la esencia de la existencia.
Al final de este camino meditativo, recuerdo las palabras del Todopoderoso, como si fueran el epítome de toda conciencia de fe:
“¿Hay alguna duda en Alá, Creador de los cielos y de la tierra?” (Ibrahim: 10).
Con esta pregunta interrogativa que sacude la tierra, Dios devuelve al hombre a su primer instinto, donde la fe, la creencia y la convicción no son obligatorias y forzosas, sino una presencia y una conciencia del alma. ¿Te das cuenta de cómo el útero materno desempeñó su papel hacia ti mientras estabas dentro de él, creando y formando a partir de un espermatozoide, una sanguijuela y un molde hasta que saliste de él como un niño? Por no hablar del útero cósmico y existencial.


